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Cancillería colombiana repudia atentado que dejó 13 muertos en Barcelona

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, en nombre del Gobierno Nacional, expresa su condena al atentado terrorista ocurrido hoy 17 de agosto en la ciudad de Barcelona, que provocó víctimas mortales y numerosos heridos.

Colombia manifiesta sus más profundos sentimientos de condolencias y solidaridad con el pueblo y el Gobierno de España, y hace votos por la pronta recuperación de las personas que resultaron heridas.

Colombia reafirma su rechazo a cualquier manifestación de violencia y acción terrorista, las cuales no tienen justificación alguna, y atentan contra los derechos fundamentales de las personas, en particular el derecho a la vida.

LOS HECHOS
Una furgoneta atropello a la multitud que transitaba la Rambla de Barcelona provocando 13 muertes y causando más de un centenar de heridos en una tarde de pánico en el corazón de Barcelona.

La policía autonómica confirmó que se trata de un atentado terrorista y que tenía relación con la explosión de una vivienda en Alcanar (Tarag…

Así nació el tema La Virgen del Carmen



EL DIA QUE LA VIRGEN DEL CARMEN NO HIZO EL MILAGRO

Escrito por: Juan Carlos Rueda Gómez

Euclides Enrique Coronado Aragón era un popular personaje de origen guajiro, radicado en Barranquilla, y sentía tanta veneración por la Virgen del Carmen, que patrocinaba todos los años una pomposa procesión por el tradicional, sobrio y tranquilo barrio El Prado.

Coronado tenía su mansión en cercanías a la Segunda Brigada del Ejército, y allí se celebraba una fenomenal fiesta con presencia de los más famosos conjuntos vallenatos de la época y a ella asistían personajes de la política, el gobierno y las altas esferas económicas del Caribe colombiano. Hacía rato que este fiel devoto de la Virgen había invitado a Poncho y Emiliano, sabedor de la veneración por la santa que profesaban todos los miembros de la familia Zuleta Díaz, desde la misma Vieja Sara Baquero, madre del Viejo Emiliano.

Pero la historia de la canción no es tan simple como algunos la han contado. A finales de 1977, siendo mánager, presentador y relacionista público –esta última, actividad de la cual fui pionero en los conjuntos vallenatos– de los Hermanos Zuleta, firmé un contrato para actuar en Planeta Rica, Córdoba. Por esos días no dábamos abasto para atender todas las peticiones que generaba el gran éxito de El cóndor legendario, del compositor Alfonso Molina, primer tema en tono menor que grababan estos dos grandes músicos.

A esa población viajamos todos los integrantes del grupo, Poncho incluido, pero Emilianito nos dijo que haría una diligencia personal en Barranquilla y llegaría en horas de la tarde a cumplir el compromiso. Pasaron las horas y la euforia en el pueblo por ver a Los Ponchos, como les llaman en el departamento de Córdoba, crecía a la par de nuestra angustia porque Emilianito no llegaba. Yo me mantenía apostado en la oficina de Telecom llamando a todos mis conocidos en Barranquilla para tratar de ubicarlo, pero nadie me daba razón. Incluso, había indagado con la policía y en varios hospitales creyendo que había sufrido algún accidente.

La angustia también la sufría su entonces esposa, Deniris Arzuaga, quien tampoco sabía de su paradero. A eso de las ocho de la noche, Poncho me dijo que ordenara al grupo que saliéramos para la caseta, que con seguridad su hermano llegaría a la hora de tocar la primera tanda.

Fue necesaria la intervención de la policía para poder acceder al lugar ante la multitud que estaba a la entrada tratando de conseguir boletas. Cuando ingresamos ya estaba tocando una banda pelayera y la algarabía al vernos llegar fue estruendosa. Nos sentamos detrás de la tarima a contar los minutos y a hacer fuerza para que Emilianito llegara. A las nueve en punto, el empresario, que ya conocía la situación, se me acercó preocupado porque la noticia de la ausencia del acordeonista ya estaba circulando entre el público y había mucha gente disgustada.

Entonces le dije a Poncho: “No hay de otra. Emilianito ya no llegó. Se me ocurre que podemos llenar el vacío con Ovidio Granados, (técnico de acordeones del grupo) que al fin y al cabo se sabe todos los temas porque es quien le ayuda a crear los arreglos. A lo cual me respondió con una pregunta: ¿Tai loco, vé?,¿y quién va a tocá’ El cóndor legendario, no vei que es en tono menor y Ovidio no se lo sabe? Le contesté en un arranque de audacia: ¿Para qué crees que trajimos de ‘invitado’ a Lucho Campillo, Rey Sabanero del Acordeón? Este último, realmente acababa de regresar de México, donde residía desde varios años atrás, a Valledupar, y había aprovechado nuestro viaje para visitar a unos familiares en Planeta Rica y decidió acompañarnos a la caseta. Sin esperar respuesta, les hice señas a los muchachos del conjunto para que subieran a la tarima y llamé aparte a Ovidio y a Lucho. Les dije que estábamos en aprietos y en sus manos estaba la salvación. Ellos en verdad no estaban muy dispuestos pero se le midieron al reto a pesar del riesgo que implicaba.

Es que ya había un grupo de inconformes tirando botellas a la pista de baile y golpeando las mesas, exigiendo que subiéramos al escenario. A pesar de que la banda había alargado la tanda, ya pocas parejas estaban bailando.
Le dije al director de la banda que cerrara su tanda y me subí a la tarima a ‘coger el toro por los cuernos’, con solo tres músicos de nuestro grupo, además de los dos acordeonistas, porque los demás estaban renuentes a subir. Le pedí a Lucho Campillo que empezara a “registrar” el acordeón en el micrófono con los acordes de El cóndor legendario y les grité a los demás compañeros: “Si no tocamos, nos matan a botellazos y banquetazos, nos masacran. Pongamos la cara como machos”.

Seguidamente tomé mi micrófono y me dirigí al público, que en su mayoría estaba, además de alicorado, contagiado de inconformismo porque se sentían burlados. Palabras más, palabras menos, recuerdo que les dije con la poquita voz que salía de mi garganta, reseca por el miedo, y temblando de pies a cabeza pero aparentando entereza y valor: “Señoras y señores, quiero transmitirles la angustia que nos embarga a Poncho y todos los integrantes del conjunto porque hace más de 15 horas que no tenemos noticias de Emilianito. No sabemos si está enfermo o si se accidentó en la carretera. Ni su esposa, Deniris, ni ningún miembro de su familia saben nada de él. Ni en la policía ni en los hospitales nos informan qué le pudo pasar, pero nosotros somos profesionales responsables, respetuosos de ustedes, que han pagado una boleta y no pueden ser engañados. Lo único que les garantizo es que les vamos a devolver con música y alegría cada peso que pagaron. Afortunadamente, hoy están con nosotros Ovidio Granados, quien ocupó el segundo lugar en el Primer Festival de la Leyenda Vallenata en 1968
–detrás de Alejo Durán– y Lucho Campillo, Rey Sabanero del Acordeón, bien conocido por ustedes, quien acaba de llegar de una exitosa gira por México”.

La mayoría de los asistentes escuchaban con atención y parecían aceptar mis argumentos, pero había un grupito, liderado por un gordo de ojos chispeantes, que seguía tirando botellas y lanzando imprecaciones, ante lo cual me jugué el todo por el todo.

—Lo único que les pido es que nos permitan tocar una sola canción, El cóndor legendario, con el acordeón de Lucho y la voz de Poncho. Si no les gusta, hagan con nosotros lo que les dé la gana, y ya veremos cómo nos defendemos, porque tampoco nos vamos a quedar con los brazos cruzados. Pero si les parece bien, aplaudan y salgan a bailar.

A todas estas, mientras yo retaba a la gente, Poncho y los músicos me decían desde atrás:

—Calláte, no joda, que nos van a esmigajá, no seas loco, calláte, veeee.
Como ninguno quería ponerse al frente de su instrumento, no tuve más que gritarles: —¿Qué?, ¿me van a dejar solo? …ya estamos en líos, toquemos, que es la única manera de calmar a esta gente.

De inmediato, Lucho Campillo ejecutó las primeras notas de la canción y Poncho empezó a cantar, con mayor potencia que nunca, El cóndor legendario. Como entre nubes y en cámara lenta, empecé a ver las primeras parejas que salían hacia la pista y escuché varios aplausos. A partir de ahí dejaron de lanzar botellas; y el gordito belicoso que lideraba la protesta se acercó sonriente a la tarima y me brindó un trago de aguardiente. Al ingerirlo, sentí que ese licor servía para bajar mis testículos a su puesto. Hasta entonces los tenía atorados en la garganta. De corbatín, como se dice popularmente. La noche transcurrió en medio de la alegría. Tocamos seis tandas y casi no nos dejan bajar del escenario. Al día siguiente nos enteramos de que Emilianito se había quedado parrandeando en Barranquilla con Enrique Coronado y un grupo numeroso de amigos, y durante la fiesta se emocionó y compuso la hoy tan famosa canción.

Pero fue tanto lo que le gustó a su anfitrión que no lo dejó partir a cumplir su compromiso. Y mientras él concebía el estribillo que dice:

Y así, soy un hombre sin preocupación
porque es la Virgen de mi devoción…

nosotros estábamos, más que preocupados, expuestos al linchamiento de un público enardecido. No hubiera habido Virgen del Carmen que nos salvara si no hubiesen estado Ovidio Granados y Lucho Campillo, dos grandes acordeonistas que le hicieron un gran marco musical a la portentosa voz de Poncho Zuleta, y a la larga, con todo respeto, también lograron el milagro que la Virgen del Carmen en ese momento no pudo hacer.

Por Juan Carlos Rueda Gómez

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